Este post es la traducción libre de ESTE artículo de Melissa Batchelor Warnke publicado por L.A. Times.


 

El jueves por la mañana, saltó la alarma de incendios en el edificio de Los Ángeles Times. Afortunadamente, las docenas de alarmas que he oído en la oficina a lo largo de los años siempre han sido simulacros o fallos del sistema. Por primera vez, en lugar de coger mis cosas a regañadientes y bajar las escaleras con desdén, tuve miedo. Por primera vez, en lugar de pensar “simulacro”, pensé “masacre”.

Los americanos estamos unidos en nuestro miedo a la violencia, y divididos en nuestra opinión sobre qué miembros de la sociedad son más propensos a perpetrarla. Algunas de estas conversaciones acusadoras son productivas; nos enseñan cómo abordar y reducir la violencia. Otras no lo son tanto; están basadas en la ignorancia y refuerzan estereotipos peligrosos.

 

 

Tras la masacre de Orlando, algunos políticos conservadores pidieron que se usara el término “Islam radical” para referirse al movimiento violento con el que Omar Mateen se identificaba. Tras los asesinatos de Alton Sterling y Philando Castile por parte de la policía, muchos pidieron que se investigara la violencia ejercida por los cuerpos de seguridad contra los americanos negros. Y después de Dallas, algunos acusaron al movimiento ‘Black Lives Matter’ (las vidas negras importan), sugiriendo que había incitado al asesino a matar a los policías porque éste había hecho referencia a dicho movimiento. Otros usan el término “violencia de negro sobre negro” para referirse a los asesinatos de americanos negros pobres en sus propias comunidades, entrando en el juego de lo que el escritor Ta-Nehisi Coates ha llamado “el eterno mito de la criminalidad negra“.

De lo que no hablamos es de cómo el mayor indicador de violencia no es la religión, la profesión o la raza. Es el género.

En los Estados Unidos, el 98% de los asesinos de masas son hombres; el 98% de los policías que han disparado y matado civiles son hombres; el 90% de los que cometen homicidios de cualquier tipo son hombres; y el 80% de los detenidos por todos los tipos de crímenes violentos —asesinatos y homicidios no negligentes, violación, robo y asalto a mano armada— son hombres.

Cuando aquella alarma saltó en el edificio del Times, la imagen del asesino que cruzó mi mente no era identificable como blanco, negro, cristiano o musulmán. Pero en mi mente, no cabía duda de que esa persona era un hombre.

Cuando se observan las estadísticas, hay algo que aparece una y otra vez: es muy poco probable que las mujeres criminales violentas acaben matando a alguien que no conocen. La mayoría de las matanzas o los asesinatos en masa son cometidos contra desconocidos, aunque haya notables excepciones, como San Bernardino. Cuando las mujeres asesinan, sus víctimas son desconocidas sólo en el 7% de los casos. Cuando los hombres cometen un asesinato, su víctima es desconocida en un 25% de los casos.

Si las mujeres somos menos propensas a matar a desconocidos, ¿podría reducirse el número de asesinatos por parte de policías si se aumentara el número de mujeres en el cuerpo? Un estudio de 2002 llevado a cabo por el ‘National Center for Women and Policing’ (Centro Nacional de Mujer y Policía), concluyó que, aunque las mujeres forman el 12,7% del personal policial en los centros urbanos, sólo el 5% de las quejas de los ciudadanos por fuerza policial excesiva están relacionadas con mujeres policías. Es de dos a tres veces más probable que en este tipo de quejas se nombre a un policía varón.

Estaréis pensando que es un estudio de hace casi 15 años y que estaría bien ver datos actualizados sobre el papel que juega el género en la policía. Y yo estoy completamente de acuerdo. Puede que también os estéis preguntando si los policías varones son mucho más propensos que las mujeres policías a elegir cometidos en los que desenfundar el arma sea una posibilidad real. Es un tema significativamente poco estudiado —motivo por el cual es tan crucial hablar sobre el papel que los hombres juegan en esta epidemia de violencia en América. Necesitamos investigaciones nuevas y actualizadas para entender por qué los policías varones son más violentos en sus interacciones con los ciudadanos y cómo se puede cambiar la cultura policial.

Hay infinidad de teorías sobre por qué los hombres son casi 50 veces más propensos a cometer asesinatos que las mujeres. Algunos neurocientíficos dicen que la testosterona está directamente relacionada con la agresividad y la competitividad, actitudes que tienen que ver con la violencia. Algunos psicólogos evolucionistas dicen que los hombres más agresivos, históricamente han sido capaces de conseguir más mujeres, comida y tierras. Algunos psicoterapeutas defienden que se enseña a los hombres a reprimir las emociones que muestran vulnerabilidad, y que eso les lleva a sentirse sobrepasados y a expresar su dolor de manera física en lugar de hacerlo verbalmente. En cambio, algunos sociólogos dicen haber encontrado una relación entre los videojuegos violentos y la creciente agresividad en el mundo real, mientras otros estudios no encuentran vínculos lo suficientemente fuertes entre estos videojuegos y los actos violentos.

Exista o no una relación causal, el entretenimiento popular, como los videojuegos o las películas de acción, enseña a los hombres desde edades muy tempranas que la violencia es un signo de fuerza.

Aparentemente, la discrepancia podría simplemente estar en que los hombres son más propensos a matar que las mujeres, porque son más capaces; un hombre tiene la fuerza de estrangular o dar una paliza mortal a una mujer, mientras que la fuerza de una mujer puede que sólo de para herir a un hombre. Pero si la razón por la que los hombres matan mucho más que las mujeres fuera sólo física, en vez de una consecuencia de la química cerebral o la socialización, entonces se podría esperar que las armas equilibraran la balanza. Sin embargo, las estadísticas no están de este lado. De 1980 a 2014, la brecha de género en cuanto a posesión de armas de fuego se cerró un 17%, y sin embargo, los índices de asesinatos cometidos por hombres y mujeres han permanecido relativamente estables.

La realidad es que no sabemos con exactitud por qué los hombres son más propensos a la violencia. Sin embargo, si queremos reducir las matanzas, los asesinatos policiales y la cultura de la violencia en América, tenemos que hablar de ello.

Anuncios