Este post es la traducción libre de ESTE artículo, publicado por Claire Heuchan en su blog, ‘Sister Outrider’. Heuchan es una feminista radical escocesa, negra y lesbiana. Además está haciendo el doctorado en la Universidad de Stirling, donde obtuvo un MLitt en Estudios de Género y actualmente está investigando el uso que le dan las mujeres negras a los medios digitales para llevar a cabo su activismo feminista. El foco central de su trabajo es la teoría feminista negra, el activismo y la escritura.


Anotación: En las partes del texto donde dice ‘mujer trans*’, es porque en el texto original dice ‘transwoman’, que tiene connotaciones diferentes a decir simplemente ‘mujer trans’ y que se traduciría más o menos como ‘transmujer’.


Este es el tercero de una serie de ensayos sobre sexo y género (ver partes 1 & 2). Inspirada por los comentarios de Chimamanda Ngozi Adichie sobre identidad de género y por la consiguiente respuesta social, he escrito sobre el lenguaje en el discurso feminista y el significado de la palabra mujer.

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“¿Alguien me puede decir alguna manera más corta y no esencialista para referirse a las ‘personas que tienen útero y esas cosas’?” -Laurie Penny

La pregunta de Laurie Penny, que trata de encontrar un término que describa a las mujeres biológicamente hembras sin usar la palabra mujer, ejemplifica muy bien el mayor reto que tiene el discurso feminista en estos momentos. La tensión entre las mujeres que reconocen y las que borran el papel de la biología en el análisis estructural de nuestra opresión, ha abierto una gran brecha (MacKay, 2015) en el seno del movimiento feminista. Las contradicciones surgen cuando las feministas tratan de defender cómo la biología de las mujeres conforma nuestra opresión en una sociedad patriarcal, a la vez que deniegan que nuestra opresión sea fundamentalmente material. En algunos puntos, el análisis estructural riguroso y la inclusividad no son buenos compañeros de cama.

Esa misma semana, Dame Jeni Murray, que ha conducido durante cuarenta años el programa de la BBC Woman’s Hour (La Hora de la Mujer), fue criticada por preguntarse “¿Puede alguien que ha vivido como hombre, con todo el privilegio que ello conlleva, reclamar su condición de mujer?”. En su artículo para el Sunday Times, Murray reflexionaba sobre el papel de la socialización de género recibida durante los años formativos en la configuración de nuestro comportamiento, desafiando la idea de que es posible divorciar el Yo físico del contexto sociopolítico. De la misma manera, la novelista Chimamanda Ngozi Adichie casi fue llevada a la hoguera por sus comentarios acerca de la identidad de género.

Cuando le preguntaron “¿Importa de alguna manera la forma en la que se llega a ser mujer?” Adichie hizo lo que muy pocas feministas se atreven a hacer en estos momentos, debido a lo extremo del debate en torno al género, y dio una respuesta pública sincera:

“Cuando la gente habla sobre si las mujeres trans* son mujeres, lo que yo pienso es que las mujeres trans* son mujeres trans*. Creo que si has vivido en el mundo como hombre, con los privilegios que el mundo concede a los hombres, y después cambias de género —es difícil para mí aceptar que se puedan entonces equiparar tus experiencias con las de una mujer que ha vivido desde que nació como mujer, a la que no se le han otorgado esos privilegios que se les otorga a los hombres. No creo que sea algo bueno combinar las dos cosas en una sola. No creo que sea bueno hablar de los problemas de las mujeres como si fueran los mismos problemas que tienen las mujeres trans*. Lo que quiero decir es que el género no es biología, el género es sociología”. –Chimamanda Ngozi Adichie

Para el tribunal de la opinión queer, el crimen que cometió Adichie fue diferenciar entre aquellas que son biológicamente hembras y criadas como mujeres, y aquellas que transitan de hombre a mujer (y que fueron, a todos los efectos, tratadas como hombres antes de empezar su transición), en su descripción de la condición de mujer. En el discurso queer, los prefijos ‘cis’ y ‘trans’ han sido diseñados para señalar precisamente esa distinción, y sin embargo es sólo cuando las feministas intentan expresar y explorar esas diferencias, que esta diferenciación resulta una fuente de ira.

Las declaraciones de Adichie son perfectamente lógicas: es absurdo imaginar que aquellas socializadas como mujeres durante sus años formativos tienen las mismas experiencias vitales que aquellas socializadas y leídas como hombres. La sociedad patriarcal depende de la imposición de género como vía para subordinar a las mujeres y garantizar el dominio de los hombres. Combinar las experiencias de las mujeres y de las mujeres trans*, borra el privilegio masculino que las mujeres trans* tuvieron antes de la transición, y niega el legado del comportamiento masculino aprendido. Además niega el verdadero significado del cómo se llega a ser mujer y de las implicaciones que tiene en la condición de mujer. En definitiva, niega ambas realidades.

‘Everyday Feminism’ publicó un artículo resaltando siete puntos que prueban que las mujeres trans* nunca tuvieron privilegio masculino. Un artículo que tal vez habría sido más efectivo en su propósito de abogar por la solidaridad feminista, si no hubiera dirigido semejante misoginia etarista hacia las feministas de la segunda ola en la línea que abre el texto. Con este artículo, Kai Cheng Thom sostiene que “…si [las mujeres trans*] son mujeres, eso implica que no pueden recibir ningún tipo de privilegio masculino —porque el privilegio masculino es algo que, por definición, sólo hombres y personas que se identifican como hombres pueden experimentar.”

Y aquí está el punto crucial del asunto —la tensión que existe entre la realidad material y la auto-identificación, en cómo se construye la definición de la condición de mujer. Si la condición de mujer trans* es sinónimo de la condición de mujer, las caraterísticas distintivas de la opresión de la mujer dejan de ser reconocibles como experiencias propias de las mujeres. El género no puede ser categorizado como un instrumento de opresión socialmente construido, si además tiene que ser considerado como una identidad innata. La conexión entre el sexo biológico y la función primaria del género —oprimir a las mujeres en beneficio de los hombres— queda borrada. Como declaró Adichie, esta combinación, en el mejor de los casos, no ayuda nada. Si no podemos reconocer los privilegios que reciben aquellos que son reconocidos y tratados como hombres, en detrimento de sus homólogas femeninas, no podemos reconocer la existencia del patriarcado.

La biología no es el destino. Sin embargo, en la sociedad patriarcal, determina los roles asignados a las niñas y los niños al nacer. Y hay una diferencia fundamental en la posición en la que las estructuras de poder colocan a aquellos biológicamente varones y a aquellas biológicamente mujeres, independientemente de su identidad de género.

“Las niñas son socializadas de maneras que son dañinas para su sentido del Yo —para que se reduzcan a sí mismas para satisfacer los egos de los hombres, para concebir sus cuerpos como contenedores de culpa y vergüenza. Muchas mujeres adultas tienen dificultades para superar y desaprender la mayoría de ese condicionamiento social. Una mujer trans* es una persona que ha nacido varón y una persona a la que, antes de su transición, el mundo trataba como varón. Esto significa que experimentó los privilegios que el mundo otorga a los hombres. Esto no niega el dolor de la confusión de género o las difíciles complejidades de cómo se siente al vivir en un cuerpo que no es el suyo. Porque la verdad sobre el privilegio social es que no tiene nada que ver con cómo te sientas. Tiene que ver con cómo te trata el mundo, con las sutiles y no tan sutiles cosas que internalizas y absorbes.” –Chimamanda Ngozi Adichie

Si las mujeres no pueden seguir siendo identificadas con fines políticos como miembros de su casta social, la opresión de las mujeres no puede ser abordada o combatida. Por consiguiente, los objetivos feministas se ven socavados por las políticas queer.

La lingüista Deborah Cameron ha identificado esta tendencia como la de “la increíble mujer que desaparece”, resaltando el patrón de las realidades vividas por las mujeres y de la opresión invisivilizada por el lenguaje de género neutro. Mientras la condición de mujer es despiadadamente deconstruida en el discurso queer, la categoría de condición de hombre sigue pendiente de ser discutida.

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No es un accidente que la masculinidad permanezca incontestable incluso cuando la palabra mujer es considerada ofensiva y excluyente. ‘Hombre’ es el estándar normativo de humanidad, ‘mujer’ es el otro del hombre. Al reducir a las mujeres a “no-hombres”, como trató de hacer el Green Party en Reino Unido; al reducir a las mujeres a “personas embarazadas”, como aconseja la Asociación Médica Británica (British Medical Association); el discurso queer perpetúa la clasificación de las mujeres como otro.

La ideología queer usa las convenciones patriarcales en su propia conclusión lógica, mediante la completa eliminación de las mujeres.

Definir a la clase oprimida en relación con el opresor, denegando a los oprimidos el uso del lenguaje para que hablen de cómo se les margina, sólo sirve para ratificar la jerarquía de género. Aunque estos cambios lingüísticos parecen inclusivos al principio, tienen la consecuencia imprevista de perpetuar la misoginia.

“Eliminar la palabra mujer y el lenguaje biológico de las discusiones relativas a la realidad corpórea de las mujeres nacidas hembras, es peligroso. Negarse a reconocer la anatomía femenina, las capacidades reproductivas y la sexualidad ha sido, desde hace mucho, trabajo del patriarcado. Parece como si hubiéramos tenido unas cuantas décadas doradas de reconocimiento,en las que hemos podido llevar nuestra experiencia vivida en nuestra condición corpórea de mujer —pero ahora tenemos que abandonar este lenguaje en favor del grupo. Incluso con la lógica en el asiento del conductor, es difícil no sentir que este aspecto de la condición de mujer está siendo borrado con incómodos ecos del patriarcado que dejamos atrás.” –Vonny Moyes

Hablar de los asuntos relativos al sexo biológico y de la socialización de género se ha vuelto cada vez más controvertido, con algunos sectores de la ideología queer clasificando automáticamente ambos temas en el ‘mito’ TERF. Sería muy fácil desear que la conexión entre la biología de las mujeres y nuestra opresión, así como las consecuencias de la socialización de género, fueran sólo mitos. En un escenario así, aquellas personas en posesión de un cuerpo femenino —mujeres— podríamos simplemente identificarnos de otra manera para evitar la opresión estructural, podríamos escoger ser de cualquier grupo que no fuera el de la casta oprimida. Sin embargo, la explotación de la biología femenina y la socialización de género, juegan ambas un papel central en el establecimiento y mantenimiento de la opresión de las mujeres por parte de los hombres.

Las políticas queer cambian el envoltorio de la opresión de la mujer para venderlo como una posición de inherente privilegio, mientras, simultáneamente, nos priva del lenguaje necesario para abordar y oponer esa misma opresión. El asunto de la identidad de género nos deja a las feministas en un dilema a dos bandas: o aceptamos que ser marginadas como consecuencia de nuestro sexo, es privilegio cis; o alzamos la voz para después ser etiquetadas como TERFs. No hay espacio para voces disidentes en esta conversación —no si esas voces pertenecen a mujeres. En este sentido, hay muy poca diferencia entre los estándares establecidos por el discurso queer y aquellos que gobiernan las normas patriarcales.

La palabra mujer es importante. Con el nombre viene el poder. Como Patricia Hill Collins observó (2000), la auto-definición es un componente clave de la resistencia política. Si la condición de mujer no puede ser descrita positivamente, si la condición de mujer se entiende sólo como el negativo de la condición de hombre, las mujeres quedan relegadas a la condición de objeto. Es sólo mediante la consideración de las mujeres como el sujeto —como seres humanos auto-realizados y con derecho a la auto-determinación— que la liberación se vuelve posible.

“La fuerza de la palabra ‘mujer’ es que puede ser usada para afirmar nuestra humanidad, dignigad y valía, sin negar nuestra feminidad corpórea y sin tratarla como una fuente de culpa y vergüenza. No nos reduce a úteros andantes ni nos desexualiza ni nos descorporiza. Por eso es tan importante que las feministas sigan usándola. Un movimiento cuyo propósito es liberar a la mujer no debería tratar la palabra ‘mujer’ como algo sucio.” –Deborah Cameron

F-31Si no usamos la palabra ‘mujer’ abiertamente y con orgullo, las políticas feministas carecerán del alcance necesario para organizar una resistencia real a la subordinación de la mujer. No se puede liberar una casta de gente que no debe ni siquiera ser nombrada. La condición de mujer es devaluada por estos traicioneros intentos de invisibilizarla. Si las mujeres no nos consideramos a nosotras mismas dignas de los inconvenientes que causa el nombrarnos directamente, específicamente; difícilmente podremos argumentar que valemos las dificultades que traerá la liberación.

Cualquier ofensa potencial, causada por referirse inequívocamente al cuerpo femenino, es menor comparada con el abuso y la explotación de nuestros cuerpos femeninos bajo el patriarcado. Como Chimamanda Ngozi Adichie dice, “‘Porque eres una chica’ nunca es una razón para nada. Jamás.”

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